sábado, 19 de mayo de 2012

Corre


... corríamos todo lo rápido que nos permitían las piernas, girando a la derecha por la primera calle para luego torcer a la izquierda. - ¡Donde vais tan rápido sinvergüenzas! - Dijo una señora que en cuestión de segundos dejamos atrás. ¿Por qué no cumpliría mi promesa de salir a correr todas las mañanas?, a medida que pasaban los minutos me costaba más respirar y los latidos del corazón parecían salidos de una canción de drum and bass. El señor Lorentz, que había visto por primera vez esta mañana y del que no sabía ni su nombre real, parecía llevar peor el atravesar una ciudad entera corriendo, pero no iba a arriesgar mi vida por una pequeña posibilidad de salvar la suya. El parque que atravesamos a continuación estaba repleto de parejas con sus respectivos hijos, muchos de los cuales quedaron boquiabiertos al ver pasar corriendo a dos hombres con mochilas siendo perseguidos por otros ocho o diez hombres con caras de muy pocos amigos. Entre la multitud, durante no más de medio segundo, pude fijarme en una chica morena con coleta muy parecida a Marta, y fue en ese instante cuando comprendí que podría no volver a verla nunca. Incumpliría todas mis promesas de pasar la vida juntos y ella no me lo perdonaría jamás, aunque estuviese muerto. - ¡No, no, no! - Gritó el señor Lorentz, y por los gritos no me hizo falta girarme para saber que sus piernas no habían sido lo suficientemente rápidas. Mi mochila es la última que queda, y no pienso perder mi única oportunidad de recuperarla. - No lo conseguiréis - y a partir de ese momento mi cuerpo sacó fuerzas de donde no quedaban más y me adentré en la recta final. Varias personas cayeron al suelo por mi falta de agilidad a la hora de esquivarlas, pero no iba a aminorar mi marcha por muy repleta que estuviera la calle. Es realmente difícil huir de la policía atravesando Gran Vía en hora punta. Me sentía como Ewan McGregor en la primera escena de Trainspotting, solo que yo no he elegido mi vida. Al menos no esta vida. A lo lejos podía divisar el edificio en el que debía entrar para subir a la última planta, y sí, llegué a la última planta sin que me atraparan, pero lo importante no es como llegué, sino porque. En mi otra vida, o lo que es lo mismo, ayer, me desperté para ir al trabajo. La cama estaba vacía como todas las mañanas, puesto que Marta siempre se levantaba madia hora antes, pero ayer en concreto no estaba en ninguna parte de la casa. En su lugar encontré una foto de ella amordazada y por detrás de la foto las instrucciones que debía llevar a cabo para recuperarla. No fue fácil cumplirlas. Y como os habréis dado cuenta no fui el único que debía de llevar a cabo esas instrucciones. Pero lo conseguí, y aquí estoy, en la azotea de un edificio en alguna parte de Madrid con unos documentos que interesan demasiado al señor que tengo delante en un helicóptero, cuya cara me suena de verla en los periódicos, y que agarra a mi prometida por el brazo. Y ahí es cuando la vi. Apareció aquella sonrisa en su cara. Una sonrisa que no tenía nada de divertida y que me hizo entender que ni Marta ni yo íbamos a salir de esa azotea. Y si tú y yo no salimos de aquí pequeña, no sale nadie…